miércoles, 29 de septiembre de 2010

El atontamiento

El atontamiento está sobre valorado. Tengo un amigo que está empezando a salir con alguien. La cosa empezó de manera fácil, sin complicaciones ni escenas de películas románticas. Está muy bien con ella y parece que todo marcha, pero él no acaba de estar seguro ¿por qué? Porque según él, cuando, en otras ocasiones, se ha enamorado siempre se le ha puesto cara de tonto y ha hecho tonterías suficientes como para que yo llorara de risa. Ahora, me cuenta, me dejo llevar.

¿Te dejas llevar? ¡Y luego soy yo la que se supone que he visto demasiadas veces "Orgullo y Prejuicio"! No es dejarse llevar, es que ya no tenemos 16 años y hemos madurado. Lo cierto, además, es que yo lo prefiero. Cuando estás en esa franja de los 16 a los 30, crees que con que el corazón te vaya a 100 por hora es suficiente, es amor. No importa que él no tenga nada que ver contigo, que tengáis discusiones absurdas o que no te trate como debería. Da lo mismo, tú te crees enamorada y ya está.

A partir de los 30, cuando empiezas a salir con alguien, quieres que las cosas vayan suavemente, de manera natural y sin complicaciones. Quieres estar tranquila y saber que esa persona no te va a fallar ni te va a hacer daño. Quieres tener con él una concepción de la vida parecida y algo en común. Por supuesto, el tener el gusano en el estómago es importante, pero de ahí a que tu cara sea la representación de la cursilería....

En fin, creo que me he convertido en una racional irremediable y sin curación posible. Que pena, ¿verdad? Con lo mucho que os he hecho reír a algunos, pero ahora prefiero mis listas de pros y contras, sorry.


martes, 28 de septiembre de 2010

Adiestrar a un marido

Hace unos días, en un dominical, me encontré con un artículo que se titulaba "Adiestrar a un marido". Sí, sí, adiestrarlo. Evidentemente, lo leí de cabo a rabo. Según una periodista norteamericana, ella salvó su matrimonio con técnicas de entrenamiento animal. Te da cinco pasos para convertirlo en un ser dócil y manejable.

Paso 1: Fomenta el comportamiento que deseas y asegúrate de recompensarlo. En fin, que cada vez que saque la basura dale una golosina e irá todos los días. (Ya, ya... eso quiero yo verlo) Pasemos al segundo paso: Ignora las actitudes que no te gusten. ¡Pero bueno! Es decir, que te comas las ganas de matarlo cuando llegue dos horas tarde y no te pida ni perdón. Paso 3: Sé más flexible y creativa. Aquí voy a copiar exactamente la explicación que da porque sino no lo vais a creer: "Si una técnica que estás empleando no funciona, trata de hacerlo de otra manera. Y recuerda la frase de los entrenadores: nunca es culpa del animal." No hace falta añadir nada más ¿no? Paso 4: Da pequeños pasos. No puedes pretender cambiarlo de golpe e insiste en que le recompenses cualquier pequeño cambio que haga. Y paso 5: No te tomes las cosas a pecho. Es decir, no te enfades.

Comparar a los hombres con animales domésticos ya me parece pasarse bastante de la raya, pero que encima te digan que nunca es culpa suya, que no te enfades cuando te haga una faena, pero eso sí, que cuando haga algo que es obvio que tenía que hacer tú lo recompenses, ya es increíble. Por lo visto, a ella le funcionó con su marido. ¿Sabe su marido que ella le considera un animal y la técnica que empleó? Seguramente sí, pero claro, viendo en qué consistía la técnica ¿para qué quejarse?

La ratita presumida

El otro día, mi sobrina con dos años y medio se me acerca con un cuento y me pregunta ¿me lo lees?. ¡Claro! Veo que trae "La ratita presumida". No recordaba muy bien de qué iba, algo de que encontraba dinero y un gato, así que me pongo manos a la obra para recuperar parte de mi infancia. ¡Casi me da algo! ¿Pero qué estamos enseñando a los niños? ¿Y qué nos enseñaban a nosotras?

Para los que, como a mí, no lo recordabais, ahí va el resumen. La ratita presumida se encuentra una moneda y tras pensar qué hacer con ella, decide gastársela en un lazo para estar más guapa y así encontrar marido. Sí, sí, el cuento dice explícitamente eso. ¿A qué ya estáis flipando? Pues la cosa va a más. Lo del lazo da resultado y empiezan a pasar por delante de su casa los pretendientes. A todos va diciendo que no, al pato porque no le gusta su voz, al gallo porque le parece orgulloso, al pobre cerdito porque, y esto vuelve a ser literal, ella opina que es muy fina para que la llamen cochina. Yo, en ese momento casi me da algo, así que busqué la mirada de la madre de la criatura a la que le estaba leyendo, que me la devolvió diciendo, "Lo sé, lo sé, pero ¿qué quieres qué le haga si es el cuento que le gusta? Bueno,yo sigo leyendo. Finalmente, la ratita se decide por el gato que, evidentemente, después de la boda, intenta comérsela. La ratita tiene suerte y detienen al gato a tiempo. La moraleja final que te dan en el cuento es que no te puedes fiar de las apariencias.

Primero de todo, me parece increíble que te digan, cuando eres un retaco, que la función de estar guapa es encontrar marido. Luego no explican qué pasa realmente en la boda, sólo que el banquete fue maravilloso. ¡Claro que fue maravilloso! Sobre todo para loa amigos del novio, que se debieron poner las botas con las amigas de ella. Y finalmente, acaba que se lo llevan detenido. No explican que saldrá dentro de cuatro días para volver a atacar a la misma o a otra ratita.

Vale, sé que es un cuento infantil, pero quizás habría que revisarlos un poquito ¿no? Y, ya de paso, sacar alguno de ellos de la circulación.

lunes, 27 de septiembre de 2010

El orden de los factores...

Dicen que las matemáticas son las ciencias exactas. Exactas, exactas... yo no diría tanto. Bueno, vale, las matemáticas y yo nunca hemos sido amigas, aunque se me dé bien el cálculo, jamás entendí una derivada. A lo que iba, las matemáticas tienen leyes, en teoría, inalterables. Bien, pues yo he descubierto algún que otro fallo en algunas de ellas. ¿Seré la futura Einstein? (No te pases, no te pases). Ahí van dos de mis teorías.

El orden de los factores, sí altera el producto, y ¡de qué manera! Alguna vez me han preguntado que es lo que pido a un hombre y siempre respondo que, entre un millón de cosas, hay tres que no pueden faltar: que sea buena persona, que me quiera y que me haga reír. Esas tres son esenciales y por ese orden. Prefiero a una buena persona que no me quiera, que una mala persona me quiera muchísimo. El hecho de ser buena persona (aunque no te quiera) hará que nunca intente hacerte daño. Pero una mala persona (por mucho que te quiera) te matará a disgustos.

Otra de mis teorías es que no siempre 18 es 16. Ayer estuve haciendo una lista de pros y contras sobre un tema en particular que prefiero no explicar ahora. Me salieron 18 pros y 16 contras. Y pensé "aaaahhh, mira, pues está clara la decisión." Pues no, porque entre esos 16 había uno que era insuperable. Ni los 18 pros juntos podían contra ese punto negativo. Así que sí, la decisión estaba clara, pero no como las matemáticas me aconsejaban.

Si leyera esto mi profesora de matemáticas del colegio tendría un suspenso seguro pero como no lo lee (que yo sepa) y además ya no puede ponerme nota, insisto en mis teorías.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Mejor poder salir...

Siempre he pensado que es mejor poder salir a impedir que entren. Muchísima gente se encierra dentro de su casa para intentar evitarlo, lo entiendo, pero yo siempre he creído que es mejor tener una vía de escape, al fin y al cabo, si quieren entrar lo harán de todas formas. Ésta es una de las discusiones que tengo con mi madre. Ella se encierra a cal y canto y cuando somos "compañeras de piso" no me queda más remedio que encerrarme yo también. Pero ¿y si hay un incendio?

Las comparaciones son odiosas, pero pasa lo mismo con las relaciones. Yo no tengo problema en que entren personas nuevas en mi vida, siempre y cuando tenga una salida de emergencia cerca. Y lo reconozco, la utilizo a menudo.... En cuanto me parece que en vez de entrar, invade, parezco el Correcaminos y no paro hasta que el Coyote se ha cansado de perseguirme. En cambio, hay gente que, simplemente, no dejan entrar y punto. Conozco a alguien que me dijo que es mejor no sentir nada que sentir dolor, ¡uuuuuuyyyyyy qué tristeza! Pero él está contento con esa actitud que ha tomado en la vida así que ¿quién soy yo para criticarlo?

jueves, 23 de septiembre de 2010

El complicómetro

Este verano alguien me contó lo del complicómetro. Estábamos hablando de la vida en general y me dice muy serio: te complicas la vida. ¿Yooooo? Pero si no puedo llevar una vida más sencilla, sobre todo este verano que he estado de un tranquilito... Pero él insiste y me lo explica: resulta que todos tenemos un complicómetro, escondido en alguna parte y puesto en marcha y que hemos de encontrarlo y apagarlo. Si no, no hacemos más que dar vueltas y más vueltas a problemas absurdos o con soluciones delante de nuestras narices. Puede ser, puede ser que tenga ese aparatillo molesto. Tendré que buscarlo, supongo, pero no tengo ni idea por donde empezar... empezaré por la cabeza que es lo más desordenado que tengo.

De ahí, pasó a querer organizarme la vida, y es donde tuvimos problemas. Me preguntó que me preocupaba, le contesté y en seguida (¡hombre tenía que ser!) me dijo lo que tenía que hacer, que, por cierto, no era viable según mi punto de vista... Más tarde me preguntó que planes tenía de futuro ¿planeeees? Yo le contesté que era mejor no hacer grandes planes a largo plazo ya que la vida da muchas vueltas y te los cambia de golpe. Lo máximo que llego es en agosto pensar en septiembre y ahora pensar en octubre... y aún así ¡no doy abasto!


miércoles, 22 de septiembre de 2010

El corte de pelo

Sonará superficial, pero para una mujer, cortarse el pelo es una acción que requiere planificación y estudio. Yo, por no planificarlo ni estudiarlo me pasó lo que me pasó...

Día de playa con mi madre. Salgo del agua, me desenredo el pelo y mi madre me dice: lo llevas demasiado largo. Para eso están las madres, para decirte cuando llevas el pelo mal o lo que te has puesto te sienta como una patada, (están para muchas más cosas, pero esta es una de las importantes). Entonces añade: si quieres, esta tarde, te lo corto. Yo me reí y me acordé de cuando me lo cortaba de pequeña. No, no, no.... ya no tengo 6 años... De vuelta a casa, me lavé el pelo, y en un momento de debilidad madre - hija (que todas los tenemos) le pregunté si realmente se veía capaz de cortármelo y de hacerme el escalado de delante. Mi madre asintió muy segura de sí misma, así que llevamos una silla y unas tijeras a su cuarto de baño y le dejé cortar. "Sólo las puntas, ¿eh?" le repetí por quinta vez. En fin, como si hubiera nacido peluquera me cortó media melena, porque tenéis que reconocer que darle unas tijeras a una peluquera es peligrosísimo, siempre cortan dos palmos más de lo que tu quieres. Entonces me fui a mi baño y me sequé el pelo para ver el resultado... Aaaaaaaaagggggghhhhhh!!! ¡Parecía un perro de aguas! Mi madre se sintió fatal porque no había manera de ver algo positivo en mi cabellera.

Después de 24 horas con el pelo recogido para que no se viera el desastre, bajé a la peluquería. Había bastante cola, pero yo no me podía permitir el lujo de decir "ya volveré", así que esperé una hora. La peluquera, sólo llegar y explicarle porque iba, lo entendió perfectamente, igual que el resto del personal y clientela. Como mi madre suele ir a esa peluquería (yo no había ido en la vida) no dejé ni que me hicieran ficha, ni siquiera dije mi nombre, para que no me relacionaran con ella y no la miraran raro cuando volviera. Hubo un momento de tensión como vi a un amigo entrar, me saludó, pero tuvimos suerte y no dijo nada sobre mí o mi madre que pudiera dar una pista.

La peluquera empezó a arreglarme el corte y, de pronto, me dijo "tu madre es una artista, incluso lo ha intentado con el escalado". Mi madre es muchas cosas increíbles, entre ellas, es cierto, una artista, pero como peluquera...